«Capilla abierta al cielo» es una instalación escultórica concebida como una pequeña capilla sin muros, situada en un claro del paisaje rural de Carrícola enfrente de su castillo. La pieza está formada por una silla‑escultura de hierro de proporciones humanas, coronada por una silueta de llama y perforada por una cruz latina en el respaldo, delante de la cual se alinea un ciprés plantado específicamente para la obra, de modo que árbol y silla componen un eje vertical que conecta simbólicamente tierra y cielo.
La silla, firmemente anclada al terreno y pensada como instalación permanente, invita al visitante a sentarse, detenerse y contemplar el horizonte, el paso del día a la noche y el silencio del entorno. El hierro al natural se deja oxidar lentamente hasta integrarse cromáticamente con la tierra i la vegetación, reforzando la idea de una obra que envejece con el lugar y acaba fundiéndose con el ecosistema rural que la acoge.
La pieza se plantea como respuesta poética al agotamiento del sujeto contemporáneo en el capitalismo tardío y, frente a la lógica productivista, propone un mueble esencial para el descanso, el cuidado y el pensamiento: una silla para respirar y escuchar el silencio. Dialoga con la «Noche oscura» de San Juan de la Cruz, entendida como tránsito y camino de transformación interior; la silla aislada en medio del campo funciona como umbral donde salir de la noche sin dejar de mirarla, reconciliando la oscuridad exterior con la propia noche interior.
La cruz calada introduce una espiritualidad abierta y no dogmática, un vacío simbólico que cada visitante puede habitar desde su tradición o desde una espiritualidad laica. El ciprés, ligado a espacios sagrados, simboliza permanencia, memoria y cuidado ecológico. La llama que corona el respaldo actúa como aura de la conciencia y la posibilidad de cambio, que se activa cuando el cuerpo del visitante ocupa la silla, reivindicando el medio rural como espacio de pensamiento y futuro.